Hace algunos meses, tuve la oportunidad de presenciar un documental excepcional, no sólo por la calidad técnica con que fue realizado sino también por la historia que mostraba; la historia de un grupo de hombres unidos y dispuestos a todo bajo el único objetivo de alcanzar la cumbre más alta del mundo, el Everest.
El programa comenzaba de una manera corriente, a ratos aburrida. En la primera parte, se mostraba uno por uno a los participantes de esta expedición, todos ellos personas comunes, pero con una sola idea en mente: desafiar y conquistar aquella cima. Por otro lado aparece un señor sin gran apariencia que luego de presentarse y dialogar con cada uno de los expedicionarios, para instruirlos sobre los peligros que conllevaba tal empresa, procedió a encerrarse en una carpa-refugio para monitorear y alertar desde la distancia, a los escaladores, sobre todas las variables que podrían hacer que la experiencia fuera exitosa o un rotundo fracaso. De más está decir que el costo económico para participar de la expedición no era menor y que los riesgos a los que se enfrentaban estos hombres bien podría significar sus vidas.
Mi interés por lo que estaba viendo se fue acrecentando cada vez más, a medida que contemplaba la dura lucha que contra la naturaleza y sobre todo contra si mismos daban aquellos valerosos alpinistas durante el ascenso: fatiga, aturdimiento, desánimo, llanto, enojo, caídas y retrasos, frío, tormentas de viento y nieve, hambre, falta de oxígeno, desorientación y en muchos de ellos la experiencia del fracaso; sí fracaso, muchos debían abandonar la expedición antes de llegar siquiera a un nivel de dificultad medio, so riesgo de perder un miembro de su cuerpo o tal vez la vida. A aquellos que continuaban en carrera sólo los movía la esperanza de tomar posesión sobre el “techo del mundo”.
Mi asombro por la complejidad de la empresa no terminó con la llegada de unos pocos a la cima del Everest. En efecto, mientras una felicidad indecible por la hazaña realizada se manifestaba en esos rostros fatigados y cuando pensaba que lo más difícil había terminado, vuelve a aparecer el sr. de la carpa-refugio quien, desde varios kms más abajo, les advertía nuevamente sobre el peligro de permanecer a esa altura por mucho tiempo, sobre todo por que sus provisiones de oxigeno se les iban a acabar en un lapso de horas, ante lo cual era prioritario iniciar el descenso. En ese momento estos hombres comienzan una urgente carrera por descender, a fin de llegar a una altura que les permita dejar de depender de sus reservas de oxígeno, las cuales de acabarse les causarían una muerte segura.
Aquí comienza la parte más dramática del documental. A la premura por descender se suma un espectáculo dantesco: cuerpos humanos congelados, esparcidos a diestra y siniestra, un hombre agonizante a quien no pueden socorrer, y sus propios cuerpos que agotados por el ascenso y posterior descenso parecen no resistir.
El final resultó francamente conmovedor. Casi desfalleciendo por la debilidad y el dolor, logran retornar al campamento base, en ese mismo instante el documental recoge sus testimonios y se produce en ellos un clic, el quiebre, el llanto y la alegría juntos, una mezcla de emociones; todo parecía partir de cero para ellos, la experiencia los había marcado física y espiritualmente, se habían fortalecido, no eran los mismos soñadores del inicio de la aventura, después de vivir el dolor propio y ajeno se veían como hombres que hablaban con autoridad, como hombres que hablaban desde la experiencia, como hombres que hablaban desde el corazón.
Una vez terminado el programa me puse a reflexionar sobre las motivaciones de estos hombres para querer realizar esta proeza; pensé en el hombre semicongelado que quedó solo y moribundo en el camino de bajada, pensé en los hombres mutilados que orgullosos ostentaban, cual trofeos de guerra, sus extremidades cercenadas por el frío. Todo se resumía para ellos en hacer realidad un sueño: alcanzar la más alta y perfecta cumbre conocida aquí en la tierra. Pensé también en la pequeñez y grandeza humanas; pensé en DIOS, “MI CUMBRE”, y en la posibilidad cierta de arriesgarlo todo, desde mi fragilidad y potencialidad, para un día hacer realidad mi esperanza cual es morar en La Sabiduría Altísima, en La Grandeza Inmensa.