En María ha obrado el poder creador de Dios, y su maternidad sobrenatural es el motivo de su bienaventuranza. Además, el Hijo que nacerá está en una relación totalmente singular con Dios: “el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios”. La Escritura define como “santo” aquello que pertenece al Señor. Al hecho de ser, según su naturaleza divina, el Hijo divino de Dios Padre corresponde en él el hecho de no tener, según su naturaleza humana, un padre terreno. Dios es el único Padre de Jesús, el único a quien El debe su existencia, en toda su realidad.
La reflexión de los Padres de la Iglesia es de gran profundidad respecto de estos textos marianos, sobre todo en la contemplación del misterio de la Encarnación. Dirá san CIRILO DE JERUSALEN : “Cree, además, que el Hijo unigénito de Dios, por razón de nuestros pecados, ha bajado del cielo a la tierra, haciéndose hombre semejante a nosotros en el padecer y naciendo de la Virgen María y del Espíritu Santo. El hacerse hombre se realizó no en apariencia o imaginariamente, sino con toda verdad. No pasó (Cristo) por la Virgen, como por un canal, sino que verdaderamente tomó carne de ella y en verdad fue por ella alimentado con su leche; como nosotros comió y como nosotros bebió. En efecto, si la encarnación hubiera sido una simple apariencia, hubiera resultado también aparente la salvación” (Catequesis).
En María ha obrado el poder creador de Dios, y su maternidad sobrenatural es el motivo de su bienaventuranza. Además, el Hijo que nacerá está en una relación totalmente singular con Dios: “el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios”. La Escritura define como “santo” aquello que pertenece al Señor. Al hecho de ser, según su naturaleza divina, el Hijo divino de Dios Padre corresponde en él el hecho de no tener, según su naturaleza humana, un padre terreno. Dios es el único Padre de Jesús, el único a quien El debe su existencia, en toda su realidad.
ResponderEliminarLa reflexión de los Padres de la Iglesia es de gran profundidad respecto de estos textos marianos, sobre todo en la contemplación del misterio de la Encarnación. Dirá san CIRILO DE JERUSALEN : “Cree, además, que el Hijo unigénito de Dios, por razón de nuestros pecados, ha bajado del cielo a la tierra, haciéndose hombre semejante a nosotros en el padecer y naciendo de la Virgen María y del Espíritu Santo. El hacerse hombre se realizó no en apariencia o imaginariamente, sino con toda verdad. No pasó (Cristo) por la Virgen, como por un canal, sino que verdaderamente tomó carne de ella y en verdad fue por ella alimentado con su leche; como nosotros comió y como nosotros bebió. En efecto, si la encarnación hubiera sido una simple apariencia, hubiera resultado también aparente la salvación” (Catequesis).